lunes, 2 de marzo de 2015

Aventura frustrada.


Hace aproximadamente 6 años, es decir, en el 2009, viajé a Aveiro en Portugal con mi familia. En el centro de la ciudad hay un hotel Meliá.
 Un día mis padres decidieron pasar la tarde en el spa de este hotel. Aquel día todos madrugamos, mis padres tenían que dejar la comida hecha y mi hermano y yo madrugamos por el hecho de que estábamos ansiosos de ir. Mi madre nos mandó sacar los bañadores y las toallas y meter todo aquello en la bolsa de deporte. Después organizamos la casa, nos vestimos y aseamos y partimos hacia el hotel.
 Cuando llegué me sorprendió mucho. Había piscinas grandes, pequeñas, frías, exteriores, climatizadas, un jacuzzi, y saunas. Mi padre nos llevó a la sauna un par de veces y el resto del tiempo estuvimos nadando.  Mi hermano y yo estábamos muy entretenidos, pero nos acabamos cansando de todo aquello y empezamos a jugar al escondite. Unas veces nos escondíamos en las piscinas otras en los baños. Hubo un momento en el que mi madre se despistó y decidí entrar yo sola a la sauna, que en ese momento estaba vacía. Junto a las brasas había varios recipientes de madera con sus respectivas cucharas para echar el agua sobre las brasas. Todos los recipientes estaban completamente vacíos menos uno, en el que quedaba una pizquita de agua, yo quería echar ese poquito de agua pero la cuchara era demasiado gruesa y no conseguía coger el agua con esa cuchara, entonces, decidí inclinar el recipiente sobre las brasas, el vapor empezó rápidamente y yo seguía con mi mano sobre las brasas intentando vaciar el recipiente por completo cuando quise darme cuenta la parte derecha de mi mano izquierda estaba completamente inflamada, roja y quemada. Cuando entró mi hermano le conté lo ocurrido y los dos pensamos que si le contaba a mi madre lo ocurrido se enfadaría. Por eso corrí al baño y me intenté dar agua pero en ningún grifo salía agua fría, después decidí ir a la piscina y meter allí la mano pero el agua no estaba fria y la quemadura me dolía mucho más por haberla mojado con agua caliente. Pero mi madre se dio cuenta de que estábamos haciendo algo raro y acabamos contándole todo.
El primer sitio al que acudimos para curarme la mano fue al recepcionista del hotel para que nos proporcionara algo de agua fría y algo para curarme pero no tenían nada para quemaduras. Por ello fuimos corriendo todos a los baños y nos vestimos rápidamente para cocer el coche e ir en busca de una farmacia. Un señor nos indicó donde encontrar una y allí compramos una pomada que me alivió un poco el dolor. Al ver que la quemadura estaba muy fea decidimos llamar a mi tía que es médico y ella nos dijo que tendría que acudir a un centro de salud para que me lo vieran y que me lo curasen. Le hicimos caso y fuimos al centro, no tuvimos que esperar mucho, el poco rato que estuvimos en la sala de espera coincidimos con una vecina y estuvimos con ella, cuando entré con el médico se quedó muy sorprendido al ver que siendo tan pequeñita no lloraba por tener aquella quemadura. El médico me volvió  a curar la herida, me aplicó otra pomada y me vendó la mano.
Esté mal día acabó  cuando llegué a casa caí redonda en mi cama y dormí una larga siesta. Con esta no muy agradable anécdota he aprendido a no meter las manos donde no debo.